Sadah ed otneuc
Erase una vez, un cuento de hadas al revés. Un cuento de personas imperfectas y acciones carentes de la valentía de los héroes de leyenda...
En un lugar no muy lejano, entre el aliento carbónico de cientos de caballos ruidosos y en una calle repleta de gigantes de hormigón, se erguia el modesto palacio en el que tiene lugar la acción. Entre las paredes repletas de obras sin arte y lujosos enseres importados del lejano reino de IKEA, vivían felices un príncipe y su princesa.Su vida transcurría tranquila, como mar en calma. Los banquetes con los cortesanos del lugar se sucedían cada siete días aproximadamente, abundaban los viajes a reinos extranjeros de lenguas extrañas y en la alcoba real se respiraban los aromas de la lujuria y el sexo consumido por la carne joven de los amantes.
Todo a su alrededor parecía perfecto y nadie temía lo que estaba a punto de suceder...
Una mañana la princesa perdió el horizonte de vista y asustada se sumió en un enfermizo letargo. Cada noche entre gritos, soñaba que la muerte la besaba en los labios. Presa del miedo empezó a encerrarse en ella misma, arrastrada a la oscuridad por aquella mano putrefacta de ansiedades irreales.
El príncipe, angustiado, luchó contra los fantasmas de la princesa privándoles de la importancia que ella les otorgaba, desmenuzándolos a golpes de racionalidad e indiferencia. Pero su intentó por liberarla de aquel encierro fue en vano; la princesa dejo de hablar con los ojos y el príncipe acabó construyendo un muro de incomprensión a su alrededor.
El reino entero se sumió en el caos y los meses muertos, uno tras otro, fueron deshojando el calendario...
Una mañana al despertar, la princesa se dio cuenta de que no había soñado con la muerte. Una sonrisa se dibujo en su cara, pero pronto se crispó y convirtió en extraña mueca el contorno de sus labios al ver que a su lado yacía un extraño. Aquella persona que había sido el complemento perfecto había desaparecido para dejar paso a un cuerpo, replica exacta del amor de antaño, pero vacío, carente de significado.
Aquella visión hizo que una extraña locura se apoderara de la princesa y el resquemor la empujo a abandonar su cordura para perderse en bosques de cemento y artificiales puestas de sol. Cada vez con mas frecuencia volvía descalza de madrugada.El príncipe en silencio, la observarba desde lejos con esa frialdad que se había instalado en su mirada. Ya no la tocaba, ya no la besaba, ya ni siquiera la deseaba. Y contra esa indiferencia manifiesta la princesa se revelaba cada día, cometiendo cada vez más excesos buscando una pequeña reacción en el príncipe, algo de celos o simplemente de preocupación.
En una de esas noches infinitas, que duraban mas allá de la salida del sol, la princesa entre sollozos de whisky y ron se derrumbó. Se derrumbó en los brazos de un cortesano, su fiel confesor desde la niñez, aquel que desde siempre, en silencio, había deseado su corazón. Los abrazos de consuelo se transformaron en apasionados besos y se abrieron las puertas del infierno.
Durante el día vagaban como almas en pena, el síndrome de abstinencia colgado en la boca. Por las noches, cuando los ojos del reino se volvían ciegos, se inyectaban dosis desmesuradas de saliva, piel y besos. Adictos el uno al otro, necesitaban el contacto de sus cuerpos para sobrevivir.
Pero aquel equilibrio imposible fue con el tiempo desgastando sus sonrisas...
El cortesano pronto empezó a reclamar por completo su posesión, el príncipe seguía imperturbable ajeno a la traición, y ella perdida en sus remordimientos, sentía dividido su corazón.
Amaba al príncipe, lo sabía. Había sido su pasado, el hombre mas bueno que jamas había conocido y le dolía descartar un futuro demasiadas veces planeado, soñado e imaginado. Les unían tantas cosas, las mismas metas, la misma visión del mundo, el compromiso... pero habían perdido esa llama que había entre ellos, poco a poco se había ido apagando.
Amaba al cortesano, lo sabía. Siempre había estado ahí, tenían una amistad mas fuerte que el paso de los años, un deseo y una pasión que jamás había sentido y mil promesas de cielos azules y cuentos nuevos. Pero les separaban tantas cosas, tenía demasiado miedo de no poder compartir con él los mismos sueños e ilusiones, tenía miedo que la estabilidad que él buscaba cortara sus alas.
Y las dudas tomaron las riendas...
Y fue fuerte, y fue sincera con los dos. La princesa decidió desterrar de su vida a las dos partes que formaban su corazón pues no podía soportar ver sufrir a ninguno de los dos. Y se cortó sus propias alas para ofrecerles a ellos la posibilidad de volar. Ninguno de los dos merecía el dolor que ella les estaba causando...
El príncipe aceptó la decisión pero se quedó a su lado, en la habitación contigua del castillo esperando volver a ganarse su amor. El cortesano aceptó la decisión pero se retiró dolido, sin comprender porque no podían encender un fuego sobre las cenizas del anterior.
Y así se acaba este cuento, sin final feliz, sin final infeliz. Tres protagonistas con sus respectivas soledades, y un decorado desgastado abandonado en un rincón...
Hoy los días claros, están manchados de de hollín para una princesa que dejo de serlo para volverse cenicienta. Prisionera de sus propios escombros y sin escoba con la que barrerlos. Suspendida en el tiempo, con su vida en pausa.El príncipe aún la espera con esa paciencia infinita que le caracteriza, intentando acercarse a ella (a veces cree que lo consigue).
El cortesano aún la espera con esa desesperación infinita que le caracteriza, intentando convencerla de que la felicidad se halla fuera de los muros de palacio (a veces cree que lo consigue).
...y ella... ella ya no sabe en que creer...








